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Entrevista a Adrián Markis (AR) autor de Atlántida Criolla

Autor: Mauricio Bruno

La ciudad consumida
Una visión contundente del manejo suicida de los recursos naturales por parte del hombre

La historia de una ciudad que una época fue pujante y emprendedora, y que pasó en el lapso de solo una semana a estar sepultada bajo el mar, remite de inmediato a la narración de una leyenda popular. Los marcos en los cuales encuadramos la realidad parecen quebrarse al conocer la historia de Villa Lago Epecuén, balneario argentino que en su momento llegó a ser el segundo más importante de su país –por detrás de Mar del Plata-, y que fue literalmente tapado por el agua a fines de 1985, permaneciendo más de 20 años desaparecido de la historia.

Adrián Markis

Epecuén, fue un balneario construido a las orillas de una laguna, situado a 550 km. al sudoeste de Buenos Aires. Sus aguas poseen un nivel de salinidad muy superior a la media, característica alentó en un principio el “turismo de salud” de la clase alta argentina, pero que a partir del gobierno de Juan Domingo Perón recibió sobre todo el turismo de clase media. La irregularidad del tamaño de la laguna, que dependía exclusivamente del volumen de lluvias, era un factor que dificultaba el turismo, pues en años de sequía podía llegar a quedarse casi sin agua. Las gestiones de los hoteleros ante el poder político en búsqueda de una solución derivaron en la construcción, en los años 70, de un canal que comenzó a derivar agua de diferentes arroyos hacia la laguna. El nivel de las aguas creció vertiginosamente y pronto se debió construir un terraplén de 4 metros para proteger a la ciudad.


El 10 de noviembre de 1985 una sudestada derribó el terraplén. La ciudad debió evacuarse por el Ejército, y en solo una semana las aguas de la laguna la cubrieron completamente. A partir de año 2007 una prolongada sequía provocó que comenzaran a retirarse las aguas. Los restos de la ciudad salieron a la luz. Allí fue Adrián Markis (Buenos Aires, 1979), con el propósito de fotografiarla y a través de ello contar una historia muy poco conocida más allá de sus protagonistas.

Su exposición, Atlántida Criolla, puede verse en la Fotogalería a cielo abierto del Parque Rodó, del Centro de Fotografía.

¿Qué te motivó contar esta historia? ¿Por qué dijiste tengo que hacer un trabajo fotográfico sobre esto?
Por un lado, desde un punto de vista estético-fotográfico, Epecuén está dentro de la línea de fuego de lo que es mi trabajo. Me atrae mucho la cuestión de las cosas que se destruyeron, las ruinas de la era industrial, todo lo que va siendo desechando por nuestro sistema consumista, lo descartable, lo que no sirve… Epecuén era para mí la máxima expresión de algo que yo estaba buscando, no sé si conciente o inconscientemente. Me atrajo desde su historia, desde el hecho de que era una historia desconocida, y de que estaba metida mucha corrupción política. Y además veo ahí mi cultura de clase media reflejada, porque la clase media está muy metida en esa historia. .

Adrián Markis

Tus fotografías están acompañadas de textos y de fotos de archivo.
¿Qué lugar ocupan dentro de la historia que querés contar?
Las fotos de archivo para mi son completamente necesarias para ubicar al espectador en el tiempo, para contar brevemente lo que fue la historia de Epecuén antes de la inundación. Son una forma de llevar al espectador desde lo que era el lugar antes hasta lo que es hoy. Por otro lado los pies de foto están puestos pensando en la persona que está caminando por el Parque Rodó y que no va específicamente a ver la muestra. Pretendo que al ver la foto y leer un fragmento de la historia, esto lo anime a ver un poco más. Traté de buscar textos que dialogaran con las fotos, y que podrían hacer que por ejemplo un gurisito de 15 años que va caminando por ahí se enganche un poco más, porque asumo que la gran mayoría de las personas no van a leer las mil cuatrocientas palabras que tiene el texto general de la muestra.

¿Qué tan importante es la fuerte posproducción digital que vos le hacés a las fotos para contar la historia específica a la que apuntás?

Es muy importante porque al fotografiar, llegás a un punto en que quedás subordinado a la cámara. Al contraste que te genera la cámara, a los colores… Es diferente cuando uno participa de ese proceso. Y eso es una forma de involucrarte mucho más con tu propia fotografía que dejarla tal cual salió de cámara. Me gusta eliminar algunos colores y manejar dominantes de color, y trabajar con una estética que surge sin que uno lo piense mucho. En este caso quedó una fotografía bastante oscura, y eso es buscado, porque no podés fotografiar una tragedia así y ponerle un cielito azul divino. Nadie puede pretender hoy que los trabajos se hacen en la posproducción y no en la toma, o al revés. El fotógrafo que hoy no maneja herramientas de posproducción digital muchas veces tiene problemas de expresión, porque queda subordinado al poder de la máquina. Trabajar la fotografía, en este caso digitalmente, es un poco salir de esa idea de que la fotografía es una completa expresión de lo que en realidad estas viendo. Porque la realidad te la transforma el fotógrafo en función de cómo él te quiere mostrar lo que ve. A la fotografía se la encapsuló durante mucho tiempo como el trabajo horrible y aburrido de mostrar lo que se está viendo, puesto que se usa una máquina y se pretende que ella es “objetiva” en relación al hombre. Se pensaba que el que usaba la cámara está en un segundo plano. Pero luego de muchos años del trabajo de grandes fotógrafos, yo creo que a la fotografía se la puede elevar a la categoría del arte, y creo que es el arte más “popular” porque es el más accesible. Por ejemplo porque gente con un celular te puede hacer una terrible foto aunque la cámara sea mala, y ahí es dónde se demuestra que siempre termina ganando la cabeza humana, por sobre la máquina.

¿Y vos este trabajo de Epecuén lo entendés o lo pensás como arte?
Primero habría que definir el concepto de arte, y podríamos estar horas… En particular creo que lo importante con estas fotos no pasa por si son o no son arte, sino con que lleguen a la gente. No importa que partas de la fotografía, literatura, pintura, música. Cuando a la gente le llega lo que hacés, desde algún costadito, es porque hay algo ahí que vale la pena, y ahí apunto yo. Que se le quiera llamar arte o no, no me importa. En sí, yo me considero de oficio “fotógrafo”. La palabra artista es una palabra que me resbala mucho porque está muy maltratada. No sé si considerar mi trabajo como arte o no. Es lo que a mi me sale, y a lo que apunto es que a la gente le pase algo con ello.



Las decisiones técnicas y estéticas que vos tomás, por ejemplo usar el lente gran angular, la estética de los cielos “apocalípticos”, la decisión de ver la destrucción de Epecuén en forma panorámica y no detallista, ¿son cosas que vos pensaste antes de encarar el trabajo, fueron surgiendo en la medida que lo ibas haciendo, o las decidiste cuando lo editaste?

Ya de por sí, me gusta mucho usar el lente gran angular. Lo uso mucho en mis fotos. Y creo que en Epecuén, si tenés un gran angular, es el lente que tenés que usar. Si es ultra angular como el que usé yo, mejor. Si bien a mi las fotos panorámicas me aburren un poco, en este caso me ofrecían muchas posibilidades. Lo que me gusta del angular es el despegue de los primeros planos. Lo que está adelante se te agranda y lo que está detrás se te achica. Y así me permitía destacar algunos detalles del resto, por ejemplo una ventana, una carreta de campo, una pileta destruida, y al mismo tiempo dejar un fondo en foco que muestre todo lo grande que era la ciudad y su destrucción. En un momento tuve que tomar la decisión de si fotografiar detalles o no. Porque había cantidad de cosas destruidas, botellas, sillas, inscripciones en paredes, miles de cosas como para darle otro tiente al trabajo, pero decidí que no. Es decir, hice fotos de eso, las tengo como registro, pero prefería que para la muestra se mantuviera ese nivel de dramatismo y de sobredimensionado que lo pude conseguir con el gran angular.

Vos decís que “producir” la foto –en el sentido de acomodar los objetos que aparecen en la imagen y luego hacer la foto, por ejemplo- le quitaría “credibilidad” al trabajo. Sería algo así como un engaño decís ¿No pasa lo mismo con el fuerte trabajo de posproducción, con agregar un cielo que no estaba cuando tomaste la foto? O agregar digitalmente unas palomas volando sobre la laguna…
En realidad no. Porque no es una alteración de la realidad. Es difícil explicarlo. A la foto de la cruz caída yo le agregué unos pajaritos, y esos pajaritos habían estado ahí, minutos antes de que yo les saque la foto, y se habían mudado a otro árbol. Lo que hice fue unir en una foto dos tiempos diferentes, dos cosas que podían suceder y en muchos casos habían sucedido. Me pareció que hacer esas cosas ayudaba a expresar ciertas ideas, y por otra parte fue una herramienta utilizada más que nada como último recurso. Por otro lado, también está bueno que se digan estas cosas, porque yo perfectamente podría haber mantenido el silencio, pero esta bueno que la gente se anime a hacer estas cosas. Yo en ese sentido soy un tipo reabierto. No creo en guardarme las cosas. Si se maneja con cuidado, evitando que el protagonista pase a ser la computadora y no el fotógrafo, creo que se pueden usar perfectamente.

Adrián Markis

Hablás de que querías “cubrir todos los espacios de la ciudad en fotos”. ¿Por qué esa obsesión totalizadora?
Recorrer todos los puntos de la ciudad significa que llevé a la muestra las que me parecieron eran las mejores fotos, pero también que laburé, que me metí adentro. Yo creo en eso. Claro, puedo decir que saco fotos cuando estoy inspirado, está bien, pero hay que meterle huevo a lo que hacés. Este es uno de los trabajos que más conforme me dejan porque es uno de los que más energía les puse. Además, cuando uno tiene la posibilidad de que lo que hace sea visto, es una responsabilidad triple. El espacio del Parque Rodó es una muy buena oportunidad, pero también es una responsabilidad para el que lo hace. Es como decir flaco, tenés está puerta a tu disposición, ahora abrila. Y ese espacio exige ochenta fotos, y no es fácil tener ochenta fotos que sean buenas y no se repitan. Por eso, para un fotógrafo trabajando solo, no es fácil. A no ser que haga una perspectiva de su trabajo, y entonces te lo lleno de a la A a la Z, pero entonces ¿qué te quiero decir? Me estaría mostrando yo. Y la idea de este trabajo no es mostrarme yo.