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Leyendo manos que escriben

Autor: Riccardo Boglione
Este artículo de Riccardo Boglione fue publicado el 6 de agosto de 2013 en la diaria, en el marco de la exposición Les mains d’écrivains (Manos de escritores) de Hannah Assouline, realizada en la Mediateca de la Alliance Française (Bv. Artigas 1229) del 17 de junio al 30 de agosto de 2013.


“La mano es ‘monstrasidad’ (monstrosité), el aparato del hombre como ser de ‘mostración’. Esta lo separa de cualquier otra especie (Geschlecht) y sobre todo del simio.” Las fuliginosas líneas de Jacques Derrida, siempre generoso con los neologismos, han sido extraídas de un ensayo denso – tan denso y lejos de lo que nos interesa aquí que no es el caso, obvio, de analizarlo en esta nota – que el filósofo francés dedicó a La mano de Heidegger en 1985. En otro momento del artículo, Derrida habla de la forma en que Heidegger habría cuidado, en sus fotos públicas (vale decir, publicadas), el posicionamiento de sus manos, construyendo una especie de retrato expandido en el tiempo de su habilidad de maniobrar sobre todo bolígrafos y bastones de paseo. Esa fue una de las tácticas deconstrucionistas derridianas, incluir en su discurso filosófico elementos extra-textuales, en este caso las fotos del controvertido alemán, para hablar de forma puramente especulativa sobre el mismo.
Empero, que todo es “texto”, a esta altura, quedó claro. Entrando en el especifico de Les mains d’écrivains: abrir la exposición con Derrida fue, para la fotógrafa franco-argelina Hannah Assouline, más que un homenaje al pensador fallecido en 2004 (también de origen argelino): es él que retomó el tema de la mano como elemento de reflexión filosófica en tiempos recientes y una cita suya acompañaba esta exposición en su versión originaria (tal vez sea demasiado, pero se podría leer como un guiño de la fotógrafa que la mano de Derrida se muestre aquí moviendo el volante de un auto, luego de las disquisiciones sobre la idea de la misma como instrumento de manifestación del Logos y de escritura manual contra escritura mecánica, ejes del discurso de Heidegger). 



En fin, Assouline sacó a lo largo de dos décadas fotos de escritores, en acepción amplia – en su mayoría francófonos – y sobre todo de sus manos, armando una galería de dedos y palmas ilustres que, metonímicamente, representan la escritura misma. Banal (e imposible) reconstruir el valor simbólico otorgado a esta parte del cuerpo en todas las culturas y también relatar su inmensa historia icónica, rastreable desde las primerísimas expresiones artísticas (calcos de manos aparecen pintados en varias cavernas y remiten a 30.000 años atrás); sí vale la pena detenerse en la presentación que Assouline construye para exponer su trabajo. Cada panel luce a un autor con dos imágenes, una del rostro de su figura entera y otra de las dos manos, a menudo haciendo algo. En una bipartición casi neoplatónica (hace recordar, en seguida, la mano y la cabeza del David de Miguel Ángel, notoriamente más grandes de lo normal, para subrayar la importancia tanto del centro de la razón como del medio humano de expresión de la misma, y su relación siempre compleja), la fotógrafa perpetúa varios clichés. Los escritores miran a la cámara satisfechos (Derrida, Le Clézio), absortos (Morin, Echenoz, aunque mire fuera de la ventana), desafiantes (Sagan, Debray) o abandonados (NDiaye, Baudrillard), en todo caso complacidos, en un blanco y negro poderoso, con luces cortantes o envolventes y una serie de artilugios que definen, siguiendo el sentido común de antaño, a la figura del intelectual: plumas estilográficas, cuadernos, apuntes, hojas, muchos cigarrillos (presencia discreta del vicio) y, por supuesto, manos en acción, escritura in fieri. Incluso se hace difícil distinguir en sus poses, sus miradas, sus posturas, aunque sean mínimos, rasgos de sus peculiaridades como autores: no traspasa mucho de la “rebeldía” de Régis Debray o de la “contradictoriedad” – tanto literaria como ideológica – del ex-Tel Quel Philippe Sollers, o del “romanticismo exasperado” de Françoise Sagan. Sí hay una clara, y un poco genérica, exaltación de la figura del escritor como depositario de poderes especiales (el tercer elemento de cada panel es una “bibliografía selecta”, especie de recordatorio de lo que lograron producir).


Pero no todo tiene tufo a mistificación y monumentalización, hay sin duda elementos interesantes: los largos dedos de Sagan, por ejemplo, en posición vertical, como garras descansando; las venas que dibujan arabescos curiosos en las manos de Emmanuel Lévinas; un puño semiabierto de Claude Lévy-Strauss que roza una misteriosa bola negra y lúcida: la mise-en-scène de las manos de quien piensa para vivir y nunca las usa hasta consumirlas (aparentemente la idea de este proyecto le surgió a Assouline luego de haber realizado otra serie de manos de obreros, que le parecieron similares) tiene piezas más que apreciables. Poco apreciable, en cambio, es la forma de presentar la muestra: se trata de seis hojas doble-faz colgando del techo, bastante precariamente, impresas sobre un papel brillante que, invadido por los reflejos de los neones, dificulta extremadamente la visión. Para detenerse en ellos hay que bailarle alrededor. Tampoco se entiende por qué de los 25 escritores que aparecen mencionados junto al título de la exhibición, sólo llegaron a Montevideo 11 (sin contar menudencias como el hecho de que Lévy-Strauss según la ficha expuesta está vivo todavía, mientras que murió hace 4 años). Y sin embargo, pese a todos los problemas, el registro físico de manos – todavía activas algunas y que ya no existen otras – cuyos movimientos han forjado piezas claves del pensamiento contemporáneo deja suelta la imaginación: el bolígrafo guiado por el puño, concepto clave de Heidegger, la presión y el ruido de los dedos contra el teclado de una máquina de escribir evocados, en contraste, por Derrida, dejarán lugar, en futuras muestras, a la manos de los écrivains de mañana acariciando pantallas táctiles, sellando así la supuesta época de la desmaterialización.
 
Riccardo Boglione
 
Les mains d’écrivains (Manos de escritores) de Hannah Assouline. Mediateca de la Alliance Française (Bv. Artigas 1229). Hasta el 30 de agosto.